La cronología de esta historia cabe en cinco fechas: 712, 1248, 1391, 1492 y hoy. La tercera es la que menos se cuenta en Sevilla y la que más explica todas las demás. En 1391 la judería sevillana —el barrio que hoy llamamos Santa Cruz y San Bartolomé— dejó de ser lo que había sido durante siglo y medio. No hubo edicto ni firma real: hubo años de predicación y, al final, una multitud. Lo que vino después —los conversos, el Santo Oficio, la expulsión— se apoya entero en aquel año.

La judería en su mejor siglo

Cuando Fernando III toma Sevilla en 1248, la ciudad no tenía, hasta donde alcanzan los documentos conservados, un barrio judío delimitado; el propio Alfonso X, al donar unos baños árabes al rabino Yuçaf Cabaçay —frente a la actual iglesia de Santa María la Blanca—, los describe como unos baños que ya existían en tiempos de los musulmanes. El barrio lo crea el Repartimiento: los oficiales judíos de la corte —almojarifes, juristas, mandaderos, médicos, escribanos— reciben casas y huertas, y la aljama recibe tres mezquitas para convertirlas en sinagogas, en lo que hoy son Santa Cruz y San Bartolomé. El siglo siguiente la lleva aún más lejos. A mediados del XIV, Alfonso XI pide al papa autorización para rezar en una cuarta sinagoga, alegando la gran población judía llegada con la conquista; Samuel Leví, almojarife de Sevilla, llega a tesorero mayor de Pedro I y levanta en Toledo una sinagoga que todavía existe. La misma corona, sin embargo, había reunido en las Siete Partidas once leyes sobre los judíos —del culto a la ropa, con distintivo en la cabeza incluido— que no se aplicaron de inmediato, pero que ya estaban escritas.

El arcediano de Écija

El giro no fue teológico, sino político. La guerra civil entre Pedro I y sus hermanastros obligó al rey a desmentir su fama de filojudío, y Samuel Leví murió bajo tortura en ese vaivén. Con los Trastámara en el trono, la consigna fue recortar el poder de las familias judías influyentes, aunque el fratricida Enrique II mantuviera a los almojarifes de casi todas las ciudades —en Sevilla siguió don Jusaph Pichón, juez viejo de la judería—, quizá por la razón más simple: no había cristianos preparados para todos los oficios que ocupaban los judíos. A final de siglo llegó la peste y, con ella, la costumbre de culpar de las epidemias a los judíos. Sobre ese suelo predicó durante años Ferrán Martínez, arcediano de Écija, hasta que la prédica se convirtió en asalto. Las fuentes que sostienen este proyecto no fijan el día exacto ni una cifra de víctimas: hablan de familias enteras.

Predicó contra los judíos hasta que los cristianos desencadenaron una masacre en la judería sevillana en el año 1391; como resultado, perdieron la vida numerosas familias, otras emigraron, y muchas otras decidieron convertirse al cristianismo.

Alba Aurora Delgado Ramírez, «Casa Sefardí de Sevilla», TFM, Universidad Pablo de Olavide, 2023/2024 (a partir de Mínguez Guillem, 2020, p. 29).

Morir, marcharse, bautizarse

Tres destinos, y los tres rehicieron la ciudad. El primero vació casas. El segundo repartió sevillanos por otras juderías peninsulares y por el norte de África. El tercero creó un grupo nuevo y numerosísimo, el de los conversos; no nacía en 1391 —Samuel Abravanel, jefe de los contadores de Juan I, ya se había bautizado como Juan de Sevilla antes de la masacre—, pero desde aquel año dejó de ser una excepción. Lo que 1391 no consiguió fue borrar la aljama. Las listas de oficios reunidas para 1253-1391 y para 1391-1492 muestran los mismos puestos ocupados antes y después del asalto, pese a las leyes que desde el siglo XIII prohibían a los judíos ser funcionarios o médicos de cristianos: hay alcalde, médicos, cirujano, arrendadores de rentas, libreros, sastres, plateros, carniceras y propietarias. En 1474, Doña Leal, «maestra de sanar ojos», firma contratos para curar a pacientes judíos, cristianos y musulmanes. En 1477, Ana Gonçales conserva su carnicería con una licencia de la reina Isabel que los Reyes Católicos confirman en persona.

El resto tarda un siglo en cerrarse. Sevilla estrena el tribunal del Santo Oficio —primera ciudad de Castilla y León en tenerlo—, confirmado por bula de Sixto IV en 1478 y en funcionamiento desde 1481 en el castillo de San Jorge, hoy mercado de Triana. En 1483 se ensaya la expulsión: los judíos de Sevilla, Cádiz y Córdoba son enviados a Extremadura. En 1492 llega el edicto y sus tres meses para bautizarse o partir; unos cincuenta mil embarcan en el puerto de Sevilla y se llevan el castellano que, mezclado con hebreo y turco, se hará ladino. De 1391 no queda una ruina que visitar. Queda Santa María la Blanca, la única sinagoga sevillana con restos conservados, hoy iglesia. Quedan los nombres de las calles de Santa Cruz y San Bartolomé. Y queda, bajo los Jardines de Murillo, la necrópolis que sacaron a la luz las obras de la calle Cano y Cueto, en buena parte sin excavar: la comunidad sigue durmiendo bajo el jardín.

Fuentes