Sale de la plaza de Doña Elvira, en pleno barrio de Santa Cruz, y es tan estrecha que dos personas se cruzan de lado. En la pared hay dos azulejos: una calavera y un nombre, Susona. Durante siglos la calle se llamó de la Muerte. La historia que explica ese nombre es una de las mejores que tiene Sevilla y se cuenta en casi todas las visitas guiadas de la ciudad. También es, casi entera, una leyenda. Vale la pena ver exactamente dónde termina el archivo y dónde empieza el cuento, porque el archivo tiene su propia historia y no es peor.

Lo que sí está documentado

El padre existió. Diego de Susán era uno de los conversos más ricos y poderosos de Sevilla: vecino de la collación de San Isidoro, veinticuatro —regidor— de la ciudad, un cargo que sólo ocupaban veinticuatro hombres. El 14 de abril de 1478 los Reyes Católicos lo confirmaron en ese oficio. Menos de tres años después, el tribunal que esos mismos reyes acababan de instalar en Sevilla lo quemó. Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios y cronista contemporáneo de los hechos, cuenta lo que pasó en la ciudad al establecerse la Inquisición y nombra a los primeros quemados.

Y dende á pocos días quemaron tres de los principales de la ciudad y de los más ricos, los quales eran Diego de Susán, que decían que valia lo suyo diez cuentos, y era gran rabi […] é nunca les valieron los favores, ni las riquezas.

Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios, «Memorias del reinado de los Reyes Católicos», citado por Isabel Montes Romero-Camacho, «Sevilla 1480: ¿una conjura conversa contra la Inquisición?», p. 524. Diez cuentos = diez millones de maravedís.

Con él ardieron Manuel Sauli y Bartolomé de Torralba. Fueron detenidos Pedro Fernández Benadeva, mayordomo del cabildo de la catedral, que según Bernáldez guardaba en su casa armas para armar a cien hombres, y Juan Fernández Albolasia, «alcalde de la justicia y gran letrado». No sabemos la fecha exacta del auto de fe en el que murió Susán: se data el 6 de febrero o el 1 de marzo de 1481. Muerto él, los Susán de Sevilla huyeron a tierras de señorío. Todo eso son personas con nombre, con oficio y con papeles.

La hija llega doscientos años tarde

Bernáldez nombra al padre y no menciona a ninguna hija. Tampoco menciona la conjura: a los cronistas de la época el supuesto complot les pasa en silencio, algo llamativo tratándose de un acontecimiento de esa envergadura. El motivo del galanteo aparece por primera vez, que sepamos, en los «Anales eclesiásticos y seculares» de Diego Ortiz de Zúñiga, el gran analista sevillano, impresos en 1677 —casi dos siglos después—. Y ni siquiera es aún nuestra historia: Ortiz de Zúñiga habla de una junta de seis conversos que blasfemaban el Jueves Santo de 1478 y que fue descubierta por un caballero de los Guzmanes, «por medio de un galanteo». El cortejo ya está; el nombre de Susona, todavía no.

El resto lo fija el siglo XIX. José Amador de los Ríos, el gran historiador decimonónico de los judíos hispanos, recoge la Relación sevillana con los nombres y los objetivos de la conjura; y a finales de siglo el padre Fidel Fita publica las fuentes sevillanas conservadas en la Biblioteca Colombina de la catedral. La historiadora Isabel Montes Romero-Camacho, que ha revisado toda esa cadena, lo resume sin rodeos.

Hoy por hoy, no contamos con fuentes documentales directas que se refieran a la famosa conjura conversa contra el establecimiento de la Inquisición en Sevilla.

Isabel Montes Romero-Camacho, «Sevilla 1480: ¿una conjura conversa contra la Inquisición?», p. 521.

Ni siquiera se llamaba Susona

En las fuentes la hija de Diego de Susán se llama Sara. «Susona» sale del apellido del padre, y el apellido, según Antonio Cascales, viene de los Abenxuxén o Shoshén de Toledo: la mujer que da nombre a la calle se llama, literalmente, «la del linaje de Susán». Probablemente tampoco fue hija única: consta otra, María Pinta, casada con Álvaro Suárez, hijo de Pedro Fernández Benadeva —es decir, las dos familias de acusados estaban emparentadas por matrimonio antes de que llegara el Santo Oficio.

Y hay otro delator posible

Si alguien delató, el archivo ofrece otro candidato. Entre los conjurados que nombra la Relación hay un Medina que Cascales identifica con el veinticuatro Luis de Medina, tesorero de la Casa de la Moneda. Tras un silencio, Luis de Medina reaparece en la documentación notarial con un cargo muy concreto: tesorero y receptor de los bienes confiscados a los condenados por herejes. Cascales apuntó que esa rehabilitación pudo ser el pago por haber delatado al resto —lo que, en sus palabras, «libraría de toda culpa a la Susona»—. Juan Gil advierte que hay tantos Medinas que identificarlo con seguridad es difícil. Y Benzion Netanyahu fue más lejos: los papeles del Santo Oficio, sobre todo los anónimos y los que salen de la propia Inquisición o de sus partidarios, hay que leerlos con sospecha. El título del estudio más reciente sobre el asunto es, literalmente, una pregunta.

La calavera y los azulejos

El final de la leyenda es el que ha dejado huella en la calle: arrepentida, Susona habría pedido en su testamento que le cortaran la cabeza y la colgaran sobre la puerta de su casa, como escarmiento. La calavera habría estado allí, tras una reja, hasta que se sustituyó por un azulejo. Sobre cuándo, los relatos populares no se ponen de acuerdo: unos dan 1845; otros cuentan que la casa se rehabilitó en 1931 y que fueron sus dueños quienes encargaron el azulejo al ceramista Ramos Rejano. No hemos podido confirmar ninguna de las dos fechas en una fuente primaria, y lo decimos en vez de elegir la que quede mejor. Es la misma regla que sigue todo este proyecto: nada en la pared sin un documento detrás.

Por qué importa quién delató

Porque la leyenda le hace algo a los hechos. Convierte la llegada de la Inquisición a Sevilla —un tribunal que empezó quemando a los hombres más ricos de la ciudad— en una historia de amor con una mujer a la que culpar. Lo documentado no tiene romance: tiene hombres con nombre y con cargo, armas guardadas en una casa, una hoguera y una fecha que ni siquiera sabemos fijar. Y la figura de la judía hermosa que traiciona a los suyos por un cristiano es un tipo literario que aparece por toda Europa: cuando un personaje encaja tan bien en un molde que ya existía, conviene desconfiar del personaje antes que del molde.

La calle sigue ahí, y el barrio también. Si quieres el contexto completo de aquel siglo, la cronología está en la judería de Sevilla; la sala Inquisición y diáspora reúne los documentos de esos años, del edicto de expulsión al decreto de 1834 que suprimió el tribunal. Y si esta historia te interesa por las mujeres que aparecen en los papeles y no en las leyendas, Doña Leal curaba ojos en 1474 y su contrato se conserva. El año que lo puso todo en marcha está contado en 1391.