Los muertos, fuera de los muros

Quien cruza hoy los Jardines de Murillo camina sobre un cementerio. Nada lo advierte: ni una placa, ni un desnivel, ni un nombre. Naranjos, bancos de azulejo, vecinos que salen a pasear o a hacer ejercicio, grupos de visitantes camino de la plaza de Santa Cruz. Bajo ese suelo, sin embargo, está la necrópolis de la judería de Sevilla. No se trata de una casualidad topográfica, sino de una consecuencia de la ley religiosa y de la costumbre urbana. La ciudad medieval convivía con sus muertos de un modo mucho más estrecho que la nuestra, aunque no todos del mismo modo: los cristianos enterraban dentro del recinto urbano, en sus iglesias; los musulmanes, por norma, fuera, si bien en Sevilla hay también enterramientos intramuros; los judíos, fuera siempre. El cementerio debía quedar apartado del espacio habitado, y por eso la comunidad sevillana llevó a los suyos al otro lado de la muralla, justo al borde de la judería —los actuales barrios de Santa Cruz y San Bartolomé—, al terreno que hoy ocupan los jardines.

Lo que apareció bajo la calle Cano y Cueto

La existencia de ese cementerio no se dedujo de los libros, sino de una obra. Durante los trabajos de construcción del aparcamiento subterráneo de la calle Cano y Cueto se localizó el cementerio judío de la ciudad, y las excavaciones sacaron a la luz enterramientos cuyo tratamiento posterior motivó las protestas de la comunidad judía. La zona que hoy se considera necrópolis judía no se limita a aquel solar: se extiende desde la calle Cano y Cueto hasta el barrio de San Bernardo, aunque su perímetro exacto sigue sin conocerse. Los jardines por donde hoy pasea la ciudad están, sobre todo, encima de una parte de la necrópolis. Lo excavado es una fracción: el resto continúa bajo el jardín, a la entrada de la antigua judería, a un paso de la plaza de los Refinadores y de la antigua sinagoga de la plaza de Santa Cruz.

Coincide exactamente con el cementerio: el cementerio sigue debajo de los Jardines de Murillo, todo lo que no ha sido excavado. La gente entiende que lo excavado es lo que hay, o lo que hubo, pero hay muchos muertos enterrados ahí debajo.

Fernando Amores, arqueólogo (Universidad de Sevilla) · entrevista, 12 de abril de 2024

La Casa del Sueño: devolver los huesos a la tierra

Amores no habla de este lugar como observador. En 2012 presentó al Ayuntamiento, junto a la arqueóloga y conservadora de museos israelí Renée Sivan, un proyecto para este mismo lugar: La Casa del Sueño. Se negó deliberadamente a llamarlo centro de interpretación. Sus tres contenidos eran acoger a la comunidad judía como vecina del barrio de Santa Cruz; dar nueva sepultura a los restos humanos exhumados en las excavaciones del cementerio; e incorporar al jardín las canciones sefardíes —cerca de trescientas cincuenta nanas en ladino reunidas por una emisora destinada a los sefardíes en Israel y por varios grupos de investigación—, de manera que el paseo mismo se convirtiera en una inmersión sonora. De ahí el nombre, deliberadamente polisémico: el «tengo un sueño» de Martin Luther King, el sueño de la paz entre los pueblos y el sueño de los niños, el más profundo por ser el más puro. El proyecto nunca se ejecutó. Al año siguiente, Sevilla dejó de formar parte de la Red de Juderías de España y de su itinerario cultural Caminos de Sefarad.

Una lápida bajo la lluvia, un mapa en la pared

De todo aquel mundo funerario queda muy poco visible. La pieza más elocuente es la lápida de Salomón ben Abraham, un bloque de mármol blanco, hoy partido, fechado en 1345. Su epitafio, traducido por Francisco Cantera Burgos, dice que allí fue sepultado «un museo de todo objeto precioso acerca de la Ley y el Testimonio», que «en la ciencia de los astros habló maravillas» y que «con él fue escondido un libro de medicina»: un médico, astrónomo y exégeta, R. Selomó hijo de R. Abraham ben Ya'is, que se reunió con su pueblo en el mes de siván del año cinco mil ciento cinco de la Creación. La piedra —romana, reutilizada en época medieval, procedente de unas obras en la Catedral— pertenece al Museo Arqueológico de Sevilla y está en préstamo indefinido al Museo Sefardí de Toledo, donde se expone en un patio abierto. Amores lo resume sin adornos: la pieza está a la intemperie, lloviéndole encima. El proyecto de la Casa Sefardí recoge los dos hilos. En la Sala II, Vida en la Judería, una sección se dedica al cementerio: un mapa dibujado para la ocasión con los límites de la judería, la zona donde aparecieron los enterramientos y el trazado de la antigua muralla, acompañado de dos fotografías de las tumbas facilitadas por Amores. En la Sala III, una reproducción de la lápida de Salomón ben Abraham con su traducción completa. «Sevilla, la ciudad que expulsa a parte de sus ciudadanos, cede una casa a esa gente que ha expulsado», decía Amores del sentido ético de aquel proyecto suyo.

Fuentes