El edicto de expulsión se firma en Granada en 1492 y se suele contar como un rayo caído del cielo. No lo fue. En Sevilla la maquinaria llevaba catorce años montada, y la ciudad había servido dos veces de banco de pruebas: primero para el tribunal, después para la expulsión misma. Esta es la historia vista desde aquí, desde el puerto por el que salieron.

Sevilla, primera en tener tribunal

Isabel I pasa el invierno de 1477-1478 en Sevilla. De aquella estancia sale la decisión: **Sevilla es la primera ciudad de Castilla y León con tribunal del Santo Oficio**, confirmado por bula de Sixto IV en 1478 y en funcionamiento desde 1481, instalado en el castillo de San Jorge —hoy el mercado de Triana—. A diferencia de la vieja inquisición eclesiástica aragonesa, esta dependía directamente de la Corona. Sus primeras hogueras y sus primeras víctimas con nombre están contadas en la leyenda de la Susona, donde el archivo separa lo documentado de lo inventado.

1483: el ensayo general

Nueve años antes del edicto general, los judíos de **Sevilla, Cádiz y Córdoba fueron expulsados hacia Extremadura**. No fue un episodio local: fue una prueba. Se comprobó que era posible desplazar comunidades enteras por decisión administrativa, y cuánto tardaba. La expulsión de 1492 no se improvisó; se ensayó aquí primero.

Tres meses

El edicto da tres meses para bautizarse o abandonar los reinos cristianos. Tres meses para liquidar deudas, vender casa, taller y tierra en un mercado donde todo el mundo sabía que el vendedor tenía que vender. Alrededor de cien mil personas salieron de España; la mayoría hacia Portugal y el norte de África. Quien se quedaba se quedaba bautizado, y por tanto bajo la jurisdicción del tribunal —que es, según la explicación más aceptada, el sentido último de la medida: los judíos estaban **fuera** del alcance de la Inquisición, y la expulsión era la vía más rápida de cortar su influencia religiosa sobre los conversos.

Cincuenta mil, desde el puerto de Sevilla

De este puerto zarparon **unas cincuenta mil personas**, en barcos genoveses y vascos. La primera oleada fue al norte de África; una parte menor, hacia lo que hoy es Turquía. Conviene detenerse en la fecha: en ese mismo puerto y ese mismo año se estaba armando la empresa que cruzaría el Atlántico. Sevilla despidió en el mismo muelle a quienes se iban para siempre y a quienes iban a ensanchar el mundo.

Senior se bautizó, Abravanel se fue

La corte tenía judíos en los puestos más altos hasta el final. **Abraham Senior**, gran rabino de Castilla, se bautizó en junio de 1492, ya anciano. **Isaac Abravanel**, consejero real, se negó y partió con toda su familia; antes había ofrecido una suma enorme para que los reyes revocaran el edicto, sin éxito. Los dos caminos posibles, tomados por las dos personas mejor situadas para evitarlos.

La lengua que se fue en los barcos

Lo que embarcó con ellos no fue solo equipaje. Se llevaron el **castellano del siglo XV**, y al mezclarse con el hebreo y, más tarde, con el turco y las lenguas de los lugares de acogida, se convirtió en **ladino** o judeoespañol. Es la huella más viva de todo esto: una lengua que salió de aquí en 1492 y que se siguió hablando, cantando e imprimiendo durante siglos en Salónica, Estambul, Esmirna, Sarajevo, Ámsterdam. La sala Legado sefardí reúne esa herencia: la lengua, la música, la cocina y el calendario que viajaron con ellos.

Lo que costó

Hay un detalle que sigue incomodando a los historiadores: **la expulsión salió cara**. La corona perdió la recaudación fiscal de las comunidades judías, y esa pérdida superó con creces lo que se obtuvo de los bienes liquidados. Económicamente fue una mala decisión, y se sabía. Por eso la explicación que se sostiene no es la del dinero, sino la del control: había que homogeneizar, y el tribunal no llegaba a quien no estaba bautizado.

El tribunal que empezó todo esto no se abolió definitivamente hasta **1834**, por real decreto publicado en la Gaceta de Madrid. Ese decreto, el edicto de 1492 y los caminos de la diáspora están reunidos en la sala Inquisición y diáspora; el barrio del que salieron, en la judería de Sevilla; y lo que hoy sigue en pie, en qué queda del barrio de Santa Cruz.